ruta circular o fieiro a moa

ruta circular o fieiro a moa

El viento en la plataforma granítica de O Pindo no sopla, se queja. Manuel, un pastor que ya solo guarda recuerdos donde antes custodiaba cabras, apoya su cayado sobre una superficie que parece la piel petrificada de un gigante dormido. Bajo sus pies, la Ruta Circular o Fieiro a Moa se despliega no como un sendero, sino como una cicatriz de agua y granito que conecta la aldea de O Fieiro con el Olimpo Sagrado de los celtas. Aquí, el aire arrastra un aroma metálico, una mezcla de salitre atlántico y piedra mojada que se pega a la garganta. Manuel señala hacia el horizonte, donde el monte se funde con el gris plomizo del cielo gallego, y dice que cada roca tiene un nombre porque cada roca tiene un dueño que ya nadie recuerda. En este rincón del municipio coruñés de Carnota, el tiempo no avanza en línea recta; se enrosca sobre sí mismo, atrapando a quienes se atreven a ascender por sus laderas en un bucle de belleza cruda y verticalidad absoluta.

La ascensión comienza en el silencio denso de la aldea, donde las casas de piedra parecen brotar de la propia tierra. El camino inicial es engañoso, una pista forestal que pronto se rinde ante la tiranía del matorral y el bloque de piedra. No hay aquí el verdor suave de otros valles gallegos. El macizo de O Pindo es un desierto de roca, una anomalía geológica de granito rosado que emergió de las entrañas de la tierra hace trescientos millones de años. Mientras el caminante gana altura, el paisaje se despoja de sus adornos. Los pinos se vuelven raquíticos, retorcidos por la furia de los temporales que azotan la Costa da Morte, y el suelo se transforma en un laberinto de formas caprichosas. Es una geografía que exige atención constante; un mal paso no solo supone un tropiezo, sino un desencuentro con una historia geológica que desprecia la prisa humana.

El Ascenso por la Ruta Circular o Fieiro a Moa

A medida que la pendiente se agudiza, el cuerpo empieza a registrar la realidad del terreno. Los pulmones buscan el oxígeno que el esfuerzo les reclama, y el sudor empieza a enfriarse bajo la brisa que llega desde la ensenada de Ézaro. Este trayecto no es una simple actividad recreativa, es un diálogo físico con la resistencia del planeta. Investigadores de la Universidad de Santiago de Compostela han documentado cómo la erosión diferencial ha tallado aquí figuras que la imaginación popular ha bautizado como guerreros, águilas o gigantes. Pero para el que sube, estas formas son obstáculos que vencer y aliados donde apoyarse. La roca, áspera y rugosa, ofrece un agarre que parece magnético, permitiendo que las botas encuentren tracción incluso en los tramos donde el sendero se desvanece entre las lajas.

La sensación de aislamiento aumenta con cada metro ganado. Abajo, el mundo de los hombres —las carreteras, los tejados de pizarra, el rumor lejano de los motores— se reduce a una miniatura insignificante. Arriba, el dominio pertenece a los elementos. Es en este punto de la subida donde el concepto de esfuerzo personal se entrelaza con el mito. Cuentan las leyendas locales que las piedras de O Pindo son en realidad los cuerpos de antiguos habitantes castigados por divinidades olvidadas, condenados a vigilar el mar por toda la eternidad. Es fácil creerlo cuando las nubes bajan y envuelven los pináculos en una mortaja blanca, dejando solo siluetas fantasmales que parecen moverse cuando se les mira de reojo. El silencio se vuelve tan profundo que se puede escuchar el propio latido del corazón, un metrónomo orgánico que marca el paso en este templo de piedra.

El tramo que conduce a la cima es el más exigente, una canal estrecha donde el agua de las lluvias recientes ha excavado pequeños cauces. Aquí, la vegetación se reduce a musgos y líquenes que pintan de amarillo y verde fluorescente la desnudez del granito. Es un paisaje que recuerda más a las tierras altas de Escocia o a las costas de Bretaña que al resto de la península ibérica. La soledad se siente como una presencia física. No hay carteles estridentes ni barandillas de seguridad; solo la señalización de pintura blanca y amarilla, a veces borrosa por el sol y la lluvia, que guía al viajero a través del caos pétreo. Es una experiencia de humildad, una lección de que el mundo no fue diseñado para nuestra comodidad, sino que somos nosotros quienes debemos aprender a leer sus rugosidades.

El Vértice donde el Mundo Termina

Alcanzar la cumbre de A Moa es como desembarcar en un planeta diferente. El terreno se aplana en una vasta extensión de roca salpicada de "pías", cavidades naturales llenas de agua de lluvia que los antiguos habitantes de estas tierras consideraban sagradas. Desde este punto, a 627 metros sobre el nivel del mar, la vista es un asalto a los sentidos. El cabo Fisterra se alarga hacia el Atlántico como un brazo exhausto, y la playa de Carnota, con su curva perfecta de siete kilómetros de arena blanca, parece un dibujo trazado con tiza sobre el azul del océano. En los días claros, la mirada alcanza las Rías Baixas, perdiéndose en un dédalo de islas y cabos que configuran la columna vertebral de la costa gallega.

La geología aquí cuenta una historia de presiones tectónicas y enfriamientos lentos. El granito de O Pindo es rico en feldespato potásico, lo que le otorga ese tono rosáceo tan característico, especialmente encendido durante el atardecer. Científicos del Instituto Geológico y Minero de España han señalado la singularidad de este macizo, que se eleva de forma abrupta desde el nivel del mar, creando un microclima que permite la supervivencia de especies vegetales únicas, como el lirio de monte o ciertas variedades de helechos que se refugian en las grietas más húmedas. Pero la ciencia, aunque necesaria para nombrar el entorno, se queda corta para explicar la emoción de estar parado en el borde de un precipicio mientras las aves rapaces planean por debajo de tus pies.

Estar en la cima es entender que la Ruta Circular o Fieiro a Moa es un viaje de ida y vuelta hacia uno mismo. El descenso, aunque menos exigente para el corazón, es más duro para las rodillas. El camino de regreso hacia O Fieiro atraviesa zonas donde el matorral es más denso y los antiguos senderos de pastores se confunden con el lecho de pequeños arroyos. Es en este regreso donde la fatiga se convierte en una especie de euforia tranquila. El cuerpo se ha sincronizado con el ritmo de la montaña. Cada piedra pisada, cada rama apartada, es un recordatorio de nuestra conexión básica con el entorno natural, una conexión que la vida urbana intenta diluir bajo capas de asfalto y notificaciones digitales.

La historia humana de este lugar es también una crónica de resistencia y refugio. Durante los años oscuros de la Guerra Civil y la posguerra, estas rocas sirvieron de escondite para los perseguidos, hombres y mujeres que conocían cada recoveco de O Pindo como la palma de su mano. Para ellos, la montaña no era un destino turístico, sino una fortaleza salvadora. Se dice que algunos vivieron meses entre las grietas del granito, alimentándose de lo que el monte ofrecía y del apoyo clandestino de los vecinos de las aldeas cercanas. Caminar hoy por estos senderos es también una forma de honrar esa memoria, de reconocer que la belleza del paisaje está teñida por los dramas de quienes lo habitaron antes que nosotros.

El sol empieza su descenso hacia el mar, tiñendo las rocas de un naranja casi irreal. Las sombras de los gigantes de granito se alargan sobre el valle, reclamando su territorio a medida que la luz se retira. Al regresar a la aldea de O Fieiro, el olor a humo de leña empieza a flotar en el aire, señalando el final de la jornada. Manuel sigue allí, o quizás es otro anciano con la misma mirada cargada de siglos, observando el monte con la familiaridad de quien mira a un viejo amigo difícil. El esfuerzo físico ha quedado atrás, pero la huella emocional del ascenso permanece, grabada en la memoria como las pías en la cima de A Moa.

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No es solo el cansancio en las piernas lo que se lleva el caminante. Es una comprensión renovada de la escala. En un mundo que nos empuja a creer que somos el centro de todo, el macizo de O Pindo nos devuelve a nuestra verdadera dimensión: seres efímeros transitando por una geografía eterna. El granito seguirá allí mucho después de que nuestros nombres se hayan borrado, aguantando el embate de los siglos y la caricia del viento atlántico. Al cerrar la puerta del coche o al dar el último paso hacia la casa de piedra, uno siente que ha dejado algo de sí mismo en las alturas, un pequeño tributo a la majestad de lo salvaje.

La noche cae finalmente sobre el Olimpo Celta. Las estrellas empiezan a parpadear sobre las siluetas oscuras de las rocas, y el rumor del océano se vuelve más nítido en el silencio del valle. Mañana, otros pies buscarán el camino, otras manos se apoyarán en el granito rosado y otros ojos se maravillarán ante la inmensidad del horizonte. Pero por ahora, el monte descansa, guardando sus secretos bajo el manto de la oscuridad, mientras el eco de los pasos perdidos se desvanece entre las grietas de la piedra milenaria.

Un último vistazo hacia arriba revela la silueta de la cumbre recortada contra el cielo estrellado. El esfuerzo ha valido la pena, no por la conquista de una cima, sino por la comunión con un paisaje que no pide nada y lo ofrece todo a quien se atreve a escucharlo. El camino termina donde empezó, en el umbral de la aldea, pero el hombre que regresa ya no es exactamente el mismo que partió al amanecer. La montaña tiene esa capacidad de limar las asperezas del alma, de la misma forma que el agua ha esculpido el granito durante eones, dejándonos más ligeros, más limpios y, quizás, un poco más sabios.

En el rincón más profundo de la memoria, el sonido del viento sobre el granito persiste como un susurro constante.

JT

Jorge Torres

Durante años, Jorge Torres ha cubierto política, economía y sociedad con un enfoque claro, riguroso y cercano.