kusturica black cat white cat

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Solemos pensar que la anarquía visual es un síntoma de libertad creativa, una especie de explosión dionisíaca que ocurre cuando un director decide soltar las riendas y dejar que la vida se abra paso frente a la cámara. Hay una creencia instalada desde hace décadas que dicta que el cine balcánico más exitoso es una fiesta perpetua de metales, animales de granja y gitanos gritones que celebran una vitalidad indestructible a pesar de las guerras. Esa es la trampa en la que caímos todos al ver Kusturica Black Cat White Cat por primera vez. Nos vendieron una comedia de enredos entre mafiosos de agua dulce y bodas imposibles a orillas del Danubio, pero lo que realmente estábamos presenciando era el acta de defunción de un compromiso político, sustituido por una estética de exportación diseñada para los festivales europeos que necesitaban purgar su culpa por la desintegración de Yugoslavia a base de carcajadas ruidosas. Yo sostengo que esta película no es el triunfo del espíritu gitano, sino el momento exacto en que un cineasta con una capacidad técnica prodigiosa decidió que era mucho más rentable fabricar una caricatura de su propia tierra que seguir hurgando en las heridas abiertas de la historia.

La mayoría de los críticos occidentales abrazaron esta obra en su estreno en Venecia en 1998 como un bálsamo necesario. Tras la pesadez metafísica y la controversia política que rodeó a su anterior trabajo, esta nueva entrega parecía decirnos que todo estaba bien, que la alegría de vivir era superior a cualquier frontera trazada con sangre. Es una lectura cómoda, casi perezosa. Si miramos de cerca, lo que vemos es una maquinaria de relojería disfrazada de desorden. Cada cerdo que se come la carrocería de un coche trabant, cada ganso que vuela en el momento justo, no es fruto de la improvisación, sino de un control obsesivo que anula la autenticidad que supuestamente celebra. El director dejó de ser un observador de la realidad balcánica para convertirse en el arquitecto de un parque temático de lo exótico.

El espejismo de la autenticidad en Kusturica Black Cat White Cat

Para entender por qué esta película representa un giro cínico en la cinematografía europea, hay que observar cómo opera su estructura interna. No hay un solo momento de silencio, no hay un respiro para la reflexión. La música de la No Smoking Orchestra y la banda de metales de Boban Marković funcionan como una pared de sonido que impide que el espectador se pregunte qué está pasando realmente con esos personajes fuera del marco de la farsa. Se nos dice que son libres porque no respetan las leyes del Estado, pero en realidad son esclavos de un guion que los obliga a ser pintorescos en cada fotograma. Es el triunfo de la forma sobre la sustancia, un despliegue de virtuosismo técnico que oculta un vacío discursivo alarmante.

Muchos defensores de esta estética argumentan que el cineasta simplemente estaba volviendo a sus raíces tras el agotamiento de sus dramas previos. Dicen que es una celebración de la cultura romaní desde una perspectiva interna. Yo me permito dudarlo. Existe una diferencia abismal entre retratar una comunidad con sus sombras y sus luces, como ocurrió en sus primeras obras, y convertirla en un circo de tres pistas para el consumo global. El problema de Kusturica Black Cat White Cat es que establece un canon de "lo balcánico" que es puramente estético y que ignora las tensiones de clase y etnia que estaban haciendo saltar por los aires la región en aquel preciso instante. La película se rodó mientras las cenizas de Bosnia seguían calientes y las tensiones en Kosovo escalaban, pero en la pantalla solo hay espacio para el humor bufonesco. Es el escapismo elevado a la categoría de obra maestra, una maniobra que permite al autor eludir cualquier responsabilidad ética sobre su posicionamiento político previo.

Es curioso cómo el público francés o alemán se maravilla con la suciedad dorada de estas imágenes. Hay algo de condescendencia en el aplauso. Aplauden porque ven en esos personajes a los "buenos salvajes" del siglo veinte, seres que pueden morir y resucitar entre botellas de rakia y orquestas estridentes. Al hacerlo, despojan a la cultura real de su dignidad y la reducen a un conjunto de tics visuales. La técnica de cámara, con sus grandes angulares que deforman los rostros y sus planos secuencia coreografiados hasta el milímetro, no busca la verdad, busca el impacto. Es cine de atracción de feria, ejecutado por alguien que sabe perfectamente qué botones pulsar para que el jurado de un festival se sienta transportado a un mundo que no comprende pero que le resulta fascinante por su aparente falta de reglas.

La construcción del mito y la realidad técnica

Detrás de la fachada de caos, el rodaje de esta pieza fue un ejercicio de logística casi militar. Los animales no se mueven por instinto, están entrenados. Las caídas no son accidentales, están medidas. Esta contradicción entre el mensaje de libertad absoluta y el método de control total es lo que genera esa sensación de extrañeza si uno se atreve a mirar más allá de la superficie colorida. El director utiliza el lenguaje de la fábula para blindarse ante cualquier crítica sobre la representación de la pobreza. Si todo es un cuento, parece decirnos, entonces no tienes derecho a quejarte de que los personajes sean estereotipos. Pero el cine nunca es neutro, y menos en un contexto tan cargado de simbolismo como el Danubio de finales de los noventa.

Los escépticos de mi postura dirán que el cine no tiene por qué ser siempre un tratado sociológico y que el derecho al divertimento es sagrado. Tienen razón, pero el divertimento no nace de la nada. Cuando un creador que ha sido la voz de una nación en desintegración decide que su siguiente paso es una comedia de enredos con gatos que miran a cámara, está tomando una decisión política activa. Está decidiendo que la realidad es demasiado incómoda y que es mejor vender una fantasía de hermandad gitana donde la muerte es solo un inconveniente temporal que se soluciona con un poco de música y un cubo de agua fría. Esa resurrección constante de los personajes es la metáfora perfecta de su cine posterior: una negativa rotunda a aceptar las consecuencias finales de los actos humanos.

El impacto duradero de Kusturica Black Cat White Cat en el imaginario colectivo

La influencia de esta cinta ha sido tan vasta que ha terminado por devorar la percepción real de toda una región. Hoy en día, cualquier película que provenga del este de Europa y no contenga una boda caótica o un animal haciendo algo gracioso parece incompleta para los distribuidores internacionales. Se creó una marca. El problema de las marcas es que simplifican la complejidad humana hasta dejarla en un logo reconocible. Lo que comenzó como una exploración honesta de la identidad en los años ochenta terminó convirtiéndose en un producto de exportación que se repite a sí mismo con cada nueva iteración.

Si analizamos el ritmo interno de la narración, nos damos cuenta de que el autor maneja los tiempos con una agresividad que no deja espacio al pensamiento. Es un bombardeo constante. La boda de la "Afrodita" de bolsillo y el gigante, el abuelo que finge su muerte para evitar deudas, los tratos entre Matko y el Padrino... todo está diseñado para que no dejes de mirar, para que la energía cinética de la imagen te arrastre. Pero, ¿qué queda después? Queda el recuerdo de una fiesta a la que no fuimos invitados pero que nos dejaron mirar por un agujero en la valla. Esa distancia es fundamental. No nos identificamos con los personajes, los observamos como especímenes curiosos en un frasco de cristal muy brillante.

Es aquí donde reside la verdadera maestría y, a la vez, el gran pecado del film. La dirección de fotografía captura una luz dorada que envuelve la miseria en un halo de belleza casi sagrada. Los barcos oxidados y las casas a medio construir se ven preciosas. Es la estetización de la precariedad. Al convertir la falta de recursos en un elemento pintoresco y vibrante, la película desactiva cualquier posible lectura crítica sobre las condiciones de vida de las comunidades que retrata. No hay hambre, no hay frío, no hay exclusión real; solo hay una eterna tarde de verano donde los problemas se resuelven con astucia y un poco de suerte. Es el triunfo del realismo mágico aplicado a la geopolítica, una herramienta que sirve para suavizar los bordes cortantes de la historia reciente de los Balcanes.

Al cuestionar el legado de esta obra, no trato de negar su potencia visual ni su capacidad para entretener, que son innegables. Lo que intento es señalar cómo el éxito masivo de esta fórmula permitió que el cine europeo se desentendiera de la tragedia yugoslava abrazando una versión caricaturizada de la misma. El director encontró una mina de oro en el exceso y decidió explotarla hasta el agotamiento, convirtiéndose en un rehén de su propio estilo. Lo que antes era un lenguaje audaz para hablar del destino y la familia se transformó en un catálogo de clichés que cualquier estudiante de cine puede replicar hoy en día con un poco de saturación de color y una trompeta desfinada.

La verdadera transgresión no habría sido hacer una comedia después de la tragedia, sino hacer una comedia que no necesitara recurrir al folclore más rancio para sostenerse. Al final, nos quedamos con una película que funciona como un mecanismo de defensa perfecto: es tan ruidosa y tan frenética que no permite que se escuche el silencio de las tumbas que dejó la guerra a pocos kilómetros del set de rodaje. El cineasta, que una vez fue el cronista de la desilusión de una generación, se convirtió aquí en el maestro de ceremonias de un carnaval que no termina nunca porque sabe que, si la música para, lo que queda es un paisaje desolado que ya no sabe cómo retratar sin caer en la propaganda.

La genialidad técnica de la obra es el envoltorio de un regalo vacío, un truco de magia que nos distrae mientras el prestidigitador se guarda la verdad en la manga. No hay nada de espontáneo en este supuesto caos; hay un guion férreo que dicta que la alegría es obligatoria y que el dolor es solo un gag visual. Si aceptamos esta película como la representación definitiva de una cultura, estamos aceptando que esa cultura es incapaz de la introspección o del duelo. Estamos aceptando que son solo niños grandes jugando con pistolas de oro y barcos de vapor en un Danubio que nunca deja de fluir hacia la nada.

Lo que nos queda es la imagen de un gato negro y un gato blanco cruzándose en un camino de tierra, un símbolo de suerte o de desgracia que en este contexto no significa absolutamente nada más que un título pegadizo. La película nos enseñó a mirar los Balcanes con los ojos de un turista que busca emociones fuertes pero seguras, una experiencia que termina cuando se encienden las luces de la sala y nos damos cuenta de que el ruido que oíamos no era el latido de un pueblo, sino el eco de un motor que gira en falso para no tener que avanzar hacia ninguna parte.

La supuesta alegría de vivir de este cine no es una resistencia contra la tragedia sino la forma más refinada de negarla.

AR

Antonio Ramos

Antonio Ramos apuesta por un periodismo que informa con profundidad sin perder claridad ni cercanía.